Facultad de Ciencias Económicas y de Administración
 Universidad de la República
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Cátedra de Ciencia Política   

Carlos Real de Azúa

Por Luis E. González

Nació en Montevideo en 1916, y murió en la misma ciudad en 1977. Aunque no tuvo una vida larga, esos 61 años fueron suficientes para hacerlo un multi - oficios renacentista. Fue abogado, y ejerció la profesión; enseñó literatura durante tres décadas en Enseñanza Secundaria (1937-1966); enseñó estética literaria durante veinticuatro años (1952-1976) en el Instituto de Profesores Artigas (y allí también enseñó literatura iberoamericana y rioplatense, 1954-1967); en la última etapa de su vida enseñó ciencia política en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de la República (1967-1974). Escribió sobre todos los temas que enseñó. Una bibliografía de la obra de Real de Azúa publicada en 1987 registra sesenta y cuatro títulos entre libros, fascículos y folletos (veintinueve de ellos, el grupo temático más numeroso, sobre asuntos literarios), más ciento veintitrés artículos en publicaciones periódicas (la gran mayoría de ellos, setenta y dos en total, en el semanario Marcha).

Real de Azúa debe necesariamente figurar en cualquier análisis de la historia intelectual uruguaya de la segunda mitad del siglo XX (y de sus ciencias sociales en particular) porque, entre otras razones, fue un fundador de la ciencia política uruguaya tal como hoy se la entiende y practica. Esta visión es compartida por casi todos los que abordaron el tema. Sólo se discuten cuestiones relativamente secundarias. Por ejemplo: para algunos, más que fundador en sentido estricto habría sido un precursor, el que precede a los fundadores. En cualquiera de los dos casos fue el fundador o precursor, porque ninguno de sus contemporáneos puede ser visto como su par en esa empresa. En la historia de nuestra ciencia política Real de Azúa ocupa un sitio intelectual solitario (a diferencia de lo que ocurre en nuestra sociología, por ejemplo, que es más antigua y más colectiva). Naturalmente, treinta años después de su muerte es fácil advertir que su obra no es perfecta, y que hasta el gran solitario cometió algunos de los pecados intelectuales propios de su generación. Lo que importa, sin embargo, es el balance final.

Sus aportes a la ciencia política, a la que dedicó una parte claramente minoritaria (en tiempo, en obra escrita) de su vida, bastan y sobran para asegurar a Real de Azúa su lugar en el panteón de los intelectuales uruguayos. Aún siendo más que suficientes, sin embargo, esos aportes son sólo una de las razones que explican su lugar en ese panteón. Muchos intelectuales de hoy sostienen que la crítica literaria de Real de Azúa está a la altura de la de los más destacados de sus contemporáneos (como Angel Rama o Emir Rodríguez Monegal). En términos aún más generales, una investigación realizada en el año 2001 entre un centenar de personalidades uruguayas encontró que Real de Azúa fue para ellos uno de los tres intelectuales, ensayistas o filósofos más influyentes de todo el siglo XX. Según estas personalidades sólo cuatro uruguayos fueron aún más influyentes que Real de Azúa en esos planos: Carlos Vaz Ferreira, Carlos Quijano, José Enrique Rodó y Juan E. Pivel Devoto, en ese orden. En suma: Real de Azúa fue un multi – oficios renacentista, y su papel como fundador o precursor de la ciencia política uruguaya fue apenas una de sus contribuciones a nuestra historia intelectual.

Observando el conjunto de su obra, la mayoría de sus lectores académicos contemporáneos probablemente estaría de acuerdo sobre cuáles fueron sus principales aportes al análisis político. Lo medular de su contribución comenzó, tal vez paradójicamente, con El patriciado uruguayo, publicado por primera vez en 1961. “Paradójicamente” porque el texto no es una monografía politológica en sentido estricto. Es un ensayo histórico sobre la primera clase dirigente del país, que también es un estudio de las elites políticas “fundacionales”. En El patriciado uruguayo ya están presentes muchos temas sobre los que volvió en su obra posterior, incluyendo las raíces del “freno” al reformismo batllista de principios del siglo, estudiado en El impulso y su freno (1964). También apareció allí la preocupación comparativa (y especialmente las referencias argentinas) capaz de identificar, por contraste, las especificidades uruguayas que lo ocuparon en “Política, poder y partidos en el Uruguay de hoy” (1971) o en Uruguay: ¿una sociedad amortiguadora? (póstumo, 1985). Esta preocupación comparativa llegó a su punto culminante en “El clivaje mundial eurocentro – periferia y las áreas exceptuadas (para una comparación con el caso latinoamericano)” (1975). La meta es aquí extremadamente ambiciosa: por qué razón o razones, luego de cinco siglos acumulados de primacía europea (la construcción del “eurocentro”), en el tercer cuarto del siglo XX sólo los EEUU, Japón y los ex - Dominios británicos habían logrado escapar al destino periférico del resto del mundo. Este ensayo tampoco es politológico en sentido estricto; es más bien, como él mismo lo dijo, sociología histórica comparada. Pero el grupo central y más numeroso de factores incluidos en el análisis es el de los factores políticos, analizados tan rigurosamente como lo permitían las técnicas de su tiempo.

Lo político, entonces, rara vez es el contenido exclusivo o la meta última del análisis de Real de Azúa. Tal vez por eso para algunos comentaristas él es más un precursor que un fundador. Las preocupaciones de Real de Azúa no estaban segmentadas por divisiones disciplinarias que entonces no existían (ni siquiera la ciencia política existía entre nosotros). Sus preocupaciones apuntaban a lo que él percibía, correctamente, como los problemas centrales de los latinoamericanos (y de los uruguayos en particular) de su tiempo. Esos problemas siguen siendo los mismos de hoy, y ese acento es tal vez el que otorga una notable contemporaneidad a su trabajo. Todavía hoy, a treinta años de su muerte, es dudoso que otros hayan publicado una obra comparable en rigor y ambición a la ciencia política que Real de Azúa practicó y escribió. Pero si aceptamos que entre nosotros ya hay politólogos y obra publicada, entonces la conclusión es apenas un silogismo. No puede ser un “precursor”, porque hasta hoy ninguno de los que vino después pudo avanzar más y mejor que él. Fue el fundador.

 

 

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